sábado, septiembre 01, 2007

Humildes para entrar al Banquete del Reino

Perdon por la interrupción la semana pasada... estaba enfermo, pero acá les dejo mi reflexión para este fin de semana...
22º domingo del tiempo ordinario
02.09.07

lecturas
Eclo. 3, 17-18. 20. 28-29
Sal. 67
Heb. 12, 18-19. 22-24
Lc. 14, 1.7-14

En las lecturas de estos últimos domingos, el Señor nos ha mostrado lecciones relacionadas con la grandeza del discípulo, donde se encuentra esa grandeza, y cómo debe ser trabajada. Hoy, las lecturas continúan reforzando esas ideas, ayudándonos a entender el sentido profundo de la humildad, como clave para alcanzar el Banquete del Reino.
En la primera lectura del Eclesiástico, encontramos un buen resumen de lo dicho anteriormente: Allí se contrapone la humildad y el orgullo, diciéndonos que la humildad es la grandeza de los que glorifican al Señor. El hacerse grande a los ojos del Señor solo será posible haciéndose humilde y pequeño.
La carta a los Hebreos nos recuerda que nosotros nos hemos acercado al Señor. Esa cercanía al Señor, nos permite acercarnos a su perfección, para no caer en la tentación de no querer escuchar al Señor. Para el cristiano, la redención del Señor es lo que provoca la cercanía hacia la salvación.
El Evangelio nos introduce en estas ideas, hablándonos a través de parábolas en boca de Jesús en relación por un lado con los invitados a un banquete, y por otro a quien invita al banquete. Con respecto a los invitados es necesario saber que no hay que sentarse en el primer lugar, para no ser humillado si hay alguien más importante que uno, y ser sacado de allí para ser puesto en el último lugar. Donde nos sentamos en un banquete, eso lo decide quien invita, no el invitado. La grandeza de este hombre estará en saber ocupar el lugar menos privilegiado, para que sea el Señor quien ensalce, y no el hombre: “porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”. Ahí está la clave. Y con respecto a quien invita al banquete, la grandeza no está en invitar a quienes te pueden devolver ese favor (amigos, hermanos, parientes y vecinos ricos), sino a quienes no pueden hacerlo (pobres, lisiados, paralíticos y ciegos). Ahí está la felicidad, en tratar de ser un perfecto reflejo de la realidad del Reino.
Ya sabemos que la humildad es la actitud a trabajar entonces, según las lecturas de esta semana, profundicemos en esta enseñanza.
- Humildad como actitud para vencer el orgullo: En el mundo, uno de los pecados más graves que nos separan de los demás, es el orgullo. El orgullo, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, está relacionada con la arrogancia, la vanidad y el exceso de estimación propia. Cuando somos autosuficientes, nadie más nos importa, y por lo mismo, corremos el riesgo de sobreestimar nuestro yo de modo negativo y falseado: nos comparamos a los demás, y nos creemos superiores, poderosos. En la primera lectura, el Eclesiástico nos invita a mirar nuestra realidad y nos dice “cuanto más grande seas, más humilde debes ser”. La grandeza del hombre, es fruto de un esfuerzo que el mundo no entiende, porque no hablamos de criterios del mundo, sino de los del Reino del Señor. La humildad consiste en saber que nuestra grandeza es ante los ojos de Dios, la humildad implica saber que el mérito es de Dios, que me ha concedido la grandeza de reconocerle como Señor; la humildad aparece cimentada por el esfuerzo de crecer todos los días un poco más, la humildad es reconocerse criatura, sabiendo desde esa realidad relacionarnos con Dios y los demás. Por lo mismo, no hay que ensalzarse innecesariamente ante los demás, sino ante los ojos del Señor, no vaya a ser cosa que nuestro orgullo no nos deje ver que hay gente más importante que nosotros, y que seamos humillados ante los demás. Recordemos que nosotros vemos las apariencias, solo Dios lo ve todo. El orgullo nos engaña, y nos hace querer ocupar el lugar de Dios, quitándole el mérito a Dios de las cosas, creyendo que no necesitamos de Él, que no es necesario contar con Él.
- Los humildes heredarán el Reino: La enseñanza no aparece así expresada en la lectura evangélica, pero eso es en el fondo a lo que apunta; quien quiera entrar al banquete a ocupar los primeros lugares, que se haga pequeño, que sea humilde: de ese modo llamará la atención del Señor del Banquete que le llamará asentarse en los primeros lugares. Es el Señor el que invita, y decide en dónde estamos ubicados en el banquete
- Cuidado con la falsa humildad: No pocas personas en la Iglesia hoy se escudan en una falsa humildad, diciendo que no son capaces para realizar tal o cual actividad, o que no pueden realizar tal cosa, que no “son dignos”, o que no “se lo merecen”. En estas cosas hay que tener cuidado. A veces nos podemos escudar en una humildad fingida, que más que humildad suena a excusa para no querer comprometerse con el Señor: muchos dicen.... “ no, yo soy tan pecador”... y yo me pregunto...¿y qué haces por salir de tu pecado? ¿qué es lo que te impide ser mejor? Muchas veces es la flojera, y no la humildad. Está bien que nos reconozcamos pecadores, pero que esa no sea la excusa para ser mejores. La actitud de un discípulo del Reino – que es el fondo de estos textos – es reconocer con humildad mi realidad para mejorarla, y no quedarse estáticos y cómodos. El Evangelio solo hace efecto en nosotros cuando nos cuestiona y nos llama a movernos; sino, es en vano escucharlo si no le saco provecho.
- Moverse por los criterios del Reino, y no los del mundo: Somos dados a vivir socialmente del intercambio de favores, así funcionamos en este mundo. Sin embargo, el Evangelio hoy nos enseña que eso no sirve para ser feliz. La felicidad está en emular el criterio de Dios, que se fija en el más desposeído para invitarlo al banquete.

Queda claro este fin de semana, que el humilde es el que es verdaderamente feliz. Pongamos el mejor de los esfuerzos entonces, para aprender a ser humildes, y no pasar la vida con falsos orgullos que no nos alcanzan la felicidad. Amén.

sábado, agosto 18, 2007

Profetas hoy

20º Domingo del tiempo ordinario
19.08.07

Lecturas
Jer. 38, 3 – 6. 8 – 10
Sal. 39
Heb. 12, 1 – 4
Lc. 12, 49 – 53

Este fin de semana la palabra de Dios quiere llevarnos al rol de ser profetas, con muchas consecuencias insospechadas por la respuesta de quienes escuchan el mensaje, que ciertamente el lenguaje se les puede hacer muy duro. Así es la Palabra del Señor, que puede dividir a quienes la escuchan, por lo fuerte y penetrante que es. Y pretende sobre todo hacernos reaccionar como debiera ser, sin disfrazar nuestras respuestas al Señor, sino más bien, asumiendo que necesitamos cambiar de corazón.
La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, nos habla hoy sobre un mensaje enigmático y difícil de digerir por las consecuencias y riesgos que implica cumplirlas al pie de la letra: resulta que Jerusalén está sitiada por los Babilonios, quienes están esperando a que la ciudad caiga… el profeta predica que lo mejor, es entregarse en las manos de los invasores, porque Dios actuará, y humanamente no hay nada que se pueda hacer para evitar la catástrofe; el texto dice que en la ciudad no había agua ni pan... Estas palabras le cuestan la libertad al profeta, y es encerrado y acusado de traidor y desmoralizador de las tropas; se le acusa de no buscar el bien sino la desgracia de la ciudad. Efectivamente, la historia nos cuenta que Jerusalén cayó en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia (586 a. C.), y la ciudad no fue incendiada, sino que sobrevivió al invasor, que más tarde sería expulsado por los Asirios. Difícil escena, cargada de dramatismo por la premura del tema.
La carta a los Hebreos, es una abierta invitación a dejar el pecado, y correr tras Cristo Jesús, para alcanzar la salvación. Es una apremiante exhortación a ser constantes, a perseverar en el combate de la fe y a no dejar que el desaliento gane terreno. El autor, utilizando la clásica imagen de una carrera, invita a despojarse de aquello que estorba para correr (en este caso, el pecado), e incluso a sacar ventajas del sufrimiento como herramienta para alcanzar la salvación que Dios nos ofrece. Contradictorias palabras también.
Si las dos lecturas anteriores nos parecieron descabelladas en las propuestas, el Evangelio de Lucas rebasa todos los límites de la cordura por sus fuertes palabras; siguiendo los discursos de las semanas anteriores (la verdadera riqueza y la necesidad de ser fieles a la búsqueda del Reino de Dios), hoy el discurso se centra nuevamente en el Reino, como la prioridad en el caminar del discípulo. Utilizando la imagen del fuego, Jesús nos habla del bautismo, que debe transformar toda la vida del hombre y mujer de fe: Ya no hay relación que se oponga al plan de Dios en cuanto a lo que debe hacer, y por ello, si es necesario dejar atrás temas como la riqueza material (18º), aprender a ser fieles en lo encomendado (19º), con mayor razón nuestras relaciones deben ser purificadas, como por el mismo fuego para actuar de acuerdo al querer de Dios.
Los exegetas creen que este texto quiere decirnos exactamente lo que leemos, o sea, que la persona de Jesús puede traer incluso división entre la misma familia porque no todos estén dispuestos a aceptar la Palabra del Señor, y la prioridad es el Reino, su llegada, su venida; y para ello, solo los que acepten plenamente su persona, podrán comprender profundamente el mensaje de salvación.

Aprendizaje de la Palabra:
- La aparente paz, ¿es signo de bienestar y tranquilidad?: Es la primera pregunta que hoy quiero plantear… en la primera lectura, la ceguera de unos funcionarios que no quieren escuchar al profeta Jeremías y su mensaje de caída de la ciudad, inminente de acuerdo a los hechos (sin alimento ni agua), hacen que se mantenga una tensa espera y calma de… ¡nada!...; el hecho de evitar los conflictos por la persona de Jesús en las familias, y mejor no hablar de Él entre los míos, solo para no tener conflicto… ¿a dónde nos lleva? Convertirnos en profetas hoy, no es nada sencillo, ser Jeremías y anunciar lo inminente, llevar división por la persona de Jesús y su Palabra es algo que preferimos evitar, y quedar bien con muchos antes de tener roces y problemas por nuestras creencias… ¿Jesús ha venido a traer paz a la tierra?... si, pero no la del silencio pasivo y cómplice que no se quema, sino la del cristiano activo y comprometido con el Reino. La paz que Jesús trae no tiene nada que ver con la ausencia de conflicto que proviene de mantener inalterables situaciones que necesitan ser iluminadas y cambiadas a la luz de su Gracia y su Palabra.
- Profetas desde el Bautismo: Que poco desarrollado tenemos esta capacidad como cristianos… somos profetas… ¡Y ni se nos nota! Fíjense que en el texto de Lucas se nos habla de un bautismo, y aparece al lado de términos como “fuego” y “división”… ¿De qué nos habla? De un bautismo de Muerte y Resurrección: ¡Ese es el Bautismo del Señor que quiere invitarnos a atravesar en nuestras vidas para quedar purificados como si pasáramos por el fuego!, que se nos note de verdad; para ello, la perseverancia y constancia propuestas en la segunda lectura, provocarán el cambio verdadero y convertido al Señor.
- Conflictos por el Señor: Volvamos sobre la idea del conflicto, pero en el sentido que hemos venido hablando… y lo aclaro, para que no se mal interprete, respecto de “obligar” a otros a cumplir la Palabra de Dios; el texto más bien se acerca al tema de ser consecuentes con ella, y si eso acarrea conflicto con los más cercanos, que sea para la Gloria de Dios. En ningún caso el texto habla de extremisar nuestra postura frente a lo religioso y fanatizarnos con el tema, porque ello no es de Dios.

Este fin de semana las lecturas nos debieran remecer desde lo más profundo del alma, para reaccionar y perfeccionar nuestro seguimiento del Señor y la construcción de su Reino de Justicia y Paz. Pidamos a Dios las gracias necesarias para salir de nuestro letargo y aparente paz. Amén.

sábado, agosto 11, 2007

Administrador fiel en el servicio

Lecturas
Sab. 18, 5-9
Sal. 32
Heb. 11, 1-2.8-19
Lc. 12, 32-48

Domingo 19 del año litúrgico, del tiempo ordinario, o común, en donde el Señor nos hace profundizar las enseñanzas recibidas la semana pasada. El domingo anterior leíamos y profundizábamos en la necesidad de enriquecernos a los ojos de Dios. Hoy, esa enseñanza aparece mezclada con la espera paciente, vigilante y confiada de la llegada del Señor. Esos dos mundos de los que hablábamos la semana pasada, los del hombre viejo y el nuevo, nos sirve para enmarcar las enseñanzas de este fin de semana.
En la primera lectura nos topamos con parte de la historia de Israel, en donde bajo la mirada del sabio, se narra las grandezas del Señor, que protege al pueblo de Israel, de los egipcios. Esta es la salvación que había esperado el pueblo, desde las promesas hechas a Abraham.
En la segunda lectura nos habla de estas promesas a Abraham, y sobre todo de la fe con que esperó. La fe aparece acá como la garantía de lo que ha esperado: por fe salió de su tierra, por fe vivió como extranjero, por fe Sara esperó al hijo de la promesa; por fe Abraham ofreció a Isaac. La fe es el cumplimiento de la promesa, que ellos no contemplaron con sus ojos, pero que guardaron en su corazón pacientemente. La fe es la riqueza que encontraron estos hombres y mujeres para construir su vida e historia junto a Dios.
En el Evangelio, continuamos leyendo a Lucas, que en continuidad de la lectura de la semana pasada, nos dice allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón. Por un lado se nos habla de la riqueza, del desprendimiento de las mismas, y por otro lado se nos habla de estar preparados, listos para la llegada del Señor, como los hombres que esperan despiertos la llegada de su señor. La atención a esta llegada le lleva al servidor estar preparado hasta en la madrugada. El premio será grande; lo nombrará administrador de todos sus bienes, lo mismo que el castigo si no ha hecho lo que debe. La pregunta de Pedro sobre si la parábola es para todos, habla de que la enseñanza va dirigida a que todos estén preparados. Termina con una máxima: Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.
Veamos lo que podemos sacar en claro este fin de semana:
- Dios nos llama a sostener la fe: El ejemplo más claro este fin de semana es la descripción de la fe que hace la carta a los Hebreos con respecto a Abraham; su fe le lleva atener a Dios presente frente a cada uno de los acontecimientos que le toca vivir. Por fe entendemos la espera llena de esperanza de aquellas cosas que vivimos ya, aunque no plenamente; en la fe el hombre descansa, aprende a ser paciente, a no desesperar. Nosotros por fe sabemos que Dios nos salva, nos ofrece compartir su vida divina entregada ya en la vivencia de los sacramentos. Desde que Cristo vino por primera vez, esperamos su segunda venida gloriosa esta vez, para saciar nuestra hambre y sed de vida. Para este ejercicio de esperanza, los sacramentos son la mejor herramienta con la que trabajar y crecer.
- Estar atentos y preparados al momento de la llegada del Señor...: En la parábola, Jesús les narra la necesidad de estar atentos a la venida del Señor, porque el servidor no sabe en qué momento eso ocurrirá. Esta espera se hace a la luz de los acontecimientos; el servidor sabe que su Señor llega en cualquier momento, su venida es inminente, y por eso no baja la guardia. La confianza de su señor es garantía de que es digno de estar donde está, cuidando los bienes de su señor; por este motivo, la responsabilidad del hombre, que sabe como es su señor, le lleva a poner cuidado y atención a estar velando.
- Y ser servidores fieles en esa espera inminente: La fidelidad a la misión encomendada es otro rasgo característico de esa espera. ¿De qué modo el servidor espera? Sirviendo a los demás. Esta enseñanza está dada sobre todo a quienes tienen responsabilidades frente a los demás en la comunidad. ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Quienes se han comprometido más estrechamente en la misión de extender el Reino entre los hombres, tienen más cuentas que rendir. Y no hablo solo de los consagrados y consagradas, sino de los catequistas, de los responsables de grupos, de todos los que han tomado conciencia de que acercarse al Señor exige actitudes de servicio claras. Al que mucho se le dio, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más. No podemos entonces perder el tiempo mientras este Señor llega.
- ¿Dónde está el corazón y el tesoro?: Pregunta inminente que todos debemos responder. Creo que hoy más que nunca, se hace necesario preguntarnos por las cosas que habitan en nuestro corazón respecto de los bienes temporales. Según el esquema del Evangelio, el acento se marca sobre el servir, sobre el preguntarnos si estoy dispuesto a servir a otros con los bienes propios… ¿El corazón está preparado para eso?, ¿Qué tesoros tiene mi corazón?

Ok, el Señor nos hace una bonita invitación este fin de semana, insisto, en concordancia con las enseñanzas de la semana pasada de dejar atrás actitudes del hombre viejo, y ser nuevas criaturas, aprendiendo a crecer pacientemente en actitudes de servicio, alimentando la fe con toda la comunidad en la vivencia de los sacramentos, esperando fielmente al Señor, poniéndose al servicio de los demás. Hay que estar atentos en el servicio, alumbrados con la lámpara de la fe, que nos conduce al Señor.
Pidamos entonces este fin de semana, poder interiorizar estas enseñanzas, aprender a vivir nuestra fe, llenos de esperanza, siendo administradores prudentes y fieles de los dones y servicios que el Señor nos ha confiado. Amén.

sábado, agosto 04, 2007

Vanidad y lo esencial...

18º Domingo del tiempo ordinario
05.08.07

Lecturas
Ecle. 1, 2; 2, 21-23
Sal. 89
Col. 3, 1-5.9-11
Lc. 12, 13-21

En este domingo 18 del tiempo ordinario, las lecturas nos harán mirar nuestra vida poniendo un claro límite entre lo que somos, tenemos, cómo vivimos y lo que estamos haciendo con los talentos que Dios nos entregó. Ya la semana pasada reflexionábamos sobre el hecho de que a veces las cosas no resultan, ni salen como las queremos, porque no son de Dios. Hoy, escuchamos que nos hablan sobre la vanidad y la avaricia: dos actitudes que cuesta desarraigar de nuestras vidas. Cuando nosotros ponemos nuestra existencia a camina en paralelo con lo que Dios quiere para cada uno, corremos el riesgo de desviar, y de dar nuestra vida a cosas que no nos conducen a la felicidad. En las lecturas de hoy, aparece contrapuesto estos aspectos.

Vamos por parte: en la primera lectura, el libro del Eclesiastés, nos habla, no sin algo de exageración, lo que es la vida. Vanidad, es el término que domina todo el texto, y que podemos traducir por vacío, sin sentido, inconsistente con respecto a las cosas que describe. Nada de lo que el hombre haga, le será de provecho: todo el afán, el esfuerzo, todo será un sin sentido, dejado a otros. No será nada para quien trabajó tanto. El sin sentido, surge de un pesimismo que le lleva a preguntarse al sabio ¿qué es lo que le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? Todo es un sin sentido; todo es vanidad.

En la segunda lectura, continuamos leyendo la carta de Pablo a los Colosenses, y acá leemos hoy que el Apóstol, nos incentiva a buscar los bienes del cielo, poner los pensamientos en las cosas celestiales. Para eso necesitamos hacer morir el hombre viejo, y dejar que Cristo llegue al corazón de la vida; la idolatría, según este texto, lleva al hombre a los vicios que acá se describen; la tarea del cristiano es ver la forma de dejar atrás estos vicios para ser nuevas criaturas, o sea, hombres nuevos.

En el Evangelio, vemos a Jesús hablando con un hombre que le pide al Señor que haga de árbitro entre él y su hermano, para repartirse la herencia que el padre les ha dejado. Jesús se niega; lo de Jesús no es ser árbitro entre dos hombres, sino iluminar sobre lo que es verdaderamente importante entre ambos. Y es por esto, que le habla de la insensatez de un hombre que – en la parábola que les cuenta – aparece acumulando tesoros sin saber qué ocurrirá con él mas adelante. La enseñanza es clara: HAY QUE ENRIQUECERSE A LOS OJOS DE DIOS, NO A LOS DE LOS HOMBRES. Esa es la riqueza a la que aspira el discípulo. Esa es la enseñanza que profundizaremos en la próxima semana.

Veamos qué podemos aprender este domingo con las lecturas:
- El engaño de la vanidad: Si bien es cierto, el texto de Eclesiastés tiene un tono muy exagerado, no deja de dejarnos la enseñanza de que el hombre debe centrar su vida en las cosas verdaderas, y no en vanas fantasías que no le conducen a la vida verdadera. Acá tenemos mucha tela que cortar. El mundo del Chile del 2007, no deja de ser preocupante la cantidad de actitudes, palabras, acciones que en realidad, no nos dejan nada para nosotros. Hoy día asistimos en la televisión a un espectáculo digno de circo romano, en que no importa quien sea la víctima de turno; la idea es clara: pan y cebolla para el pueblo; un sector de la prensa tampoco se queda atrás en este circo. La lucha descarnada por ganar al otro a costa de desacreditamientos, tampoco debe dejarnos indiferentes: la interactividad informativa nos ha llevado a la escena de la destrucción pública de la imagen de quien se cruce por el frente. Después, nadie es responsable. Los medios de comunicación se defienden diciendo que es lo que vende, es lo que la gente pide... y algo de razón tiene. Y eso, ¿a qué nos conduce? Les aseguro que a nada bueno. El hombre ha sido creado para cosas mucho más trascendentes que averiguar la vida privada de algunos; ya lo aprendimos en los domingos pasados. Nosotros debemos dar pruebas de amor sólidas, que nos lleven a trascender, que nos enseñen actitudes verdaderas de vida. La vanidad puede llevarnos a perder el norte de nuestra existencia, centrándonos en cosas que nada tienen de beneficioso para nuestra vida. Debemos revisar nuestra vida y actitudes a la luz del Señor, de su Evangelio, no a la luz de las otras personas. Debemos cuidarnos de la vanidad, que nos puede llevar a crear fantasías en torno a personajes públicos, pero que poco aportan a nuestra existencia. Dios quiere que nos centremos en lo verdaderamente necesario: vivir para los demás, no pendiente de lo que hacen los demás. Ponernos al servicio del otro, esa es una actitud clara que combate nuestra vanidad, que no nos deja salir de nosotros.
- Despojarse del hombre viejo, de sus obras, y revestirse del Hombre Nuevo: En el lenguaje paulino, dejar atrás al hombre viejo, implica dejar atrás actitudes que nos han separado del Señor (lujuria, impureza, pasión desordenada, malos deseos, avaricia), para ser reemplazados por actitudes más espirituales. Hay que renovarse – dice Pablo – según la imagen del Creador. La lucha nuestra debe reflejar actitudes mucho más solidarias, mucho más comprometidas, mucho más acabadas en el Espíritu. Todas las lecturas de este fin de semana, encierran en el fondo esta idea: hacer que viva en mí el hombre nuevo, salvado por Cristo, dejando atrás al hombre viejo, caído por el pecado.
- La avaricia como centro de un pecado mayor en nuestra vida: El mensaje del Evangelio, es claro: hay que acumular tesoros en el cielo, porque acá las cosas son solamente medios, no fin en sí mismas. Por eso, el discípulo debe preocuparse en crecer en actitudes de apertura hacia las necesidades de los otros; si bien es cierto, es necesario tener las cosas mínimas para vivir, el resto es avaricia, si no soy capaz de compartir con los demás lo mucho, o lo poco que Dios me permite tener. No se trata de darlo todo a los demás, sino solo de estar consciente de que las cosas materiales que poseemos no nos enriquecen a los ojos de Dios, aunque para el mundo sea signo de status, no lo es para Dios. La avaricia puede llevarnos a otros pecados, como la mezquindad, el orgullo, la despreocupación de mis hermanos, el ocio, la vanidad... Debemos entonces poner atención a las frases del Evangelio: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida del hombre no está asegurada por sus riquezas”. No olvidarse que estamos en el Mes de la Solidaridad.
- Hay que preocuparse por el mañana: Las lecturas, al hablarnos de nuestras actitudes hoy con respecto a lo que la vanidad y la codicia pueden llevarnos, nos adentra en un tema mucho más amplio, que es el mirar nuestro futuro: debemos trabajar por construir un futuro mas esperanzador, mas lleno de solidaridad, no tan centrado en nosotros y en lo que podemos tener o codiciar. Nos abre a la escatología, a la vida futura junto a Dios. Para eso debemos acumular riquezas a los ojos del Señor.
- ¿Para quién estamos acumulando y sembrando hoy?: Esta pregunta la dejo tirada, sobre todo por lo absorvente que se ha transformado los trabajos que hoy realizamos. Hemos descuidado cosas trascendentales, como la familia. Hoy, en muchas casas las relaciones fraternales han desaparecido; muchos padres se quejan de que no tienen tiempo para sus hijos; muchos hijos se quejan de que sus padres solo tienen tiempo para el trabajo, relegándoles a segundo o tercer plano… ¿Qué estoy acumulando?, ¿Para quién estoy sembrando? Es verdad, que muchos son empleados de otros, pero en algunos casos, se trabaja de modo independiente… ¿no podremos parar un poco para darle tiempo a lo que realmente importa?, ¿no podré compartir mi tiempo con mi familia, mis hijos? Cuidado, que gran parte de nuestros problemas familiares hoy radican en este punto.

Muy bien. Que esta semana podamos corregir actitudes que vayan por esta línea en nuestra vida, que seamos capaces de esforzarnos por ser mejores, que dejemos que nazca el hombre nuevo, y desaparezca en hombre viejo de nuestra existencia. Amén.

viernes, julio 27, 2007

Orar para interceder y salir de nosotros

17º Domingo del tiempo ordinario

Lecturas
Gn. 18, 20-21. 23-32
Sal. 137
Col. 2, 12-14
Lc. 11, 1-13

Este fin de semana las lecturas quieren llevarnos al diálogo con el otro, al encuentro con el Señor en la oración. La oración es uno de los modos más antiguos y clásicos dentro de la espiritualidad cristiana y de otras grandes religiones, y que básicamente está orientada al bienestar de quien la practica. Sin embargo, la oración cristiana tiene un claro sello: la apertura al otro; seguramente hemos oído hablar de otros tipos de oraciones, orientadas al bienestar propio, pero que se concentran en uno mismo, en replegarse sobre si, concentrándose en sí mismo, para alcanzar el bienestar y el equilibrio. La oración cristiana va por otra línea: la apertura y preocupación por los demás, creando de ese modo una cadena de comunión en torno a nuestras necesidades.
En este domingo el Señor nos invita a fortalecer la fe de un modo muy especial y efectivo a través de la oración. A veces, cuando estamos aproblemados y desorientados, se nos oscurece el panorama, y no sabemos para donde ir, la oración aparece como un recurso más que poderoso para descansar en el Señor. Nosotros, no podemos cargar solos con el peso de tantas cosas que nos abruman, y el Señor está consciente de esto, lo sabe, y es por eso que nos enseña a orar, en comunidad, tal como escuchamos que los discípulos le preguntaban a Jesús en el Evangelio. Cada vez que nosotros nos acercamos al Señor a través de la oración, el Señor está listo para oírnos, como le ocurrió a Abraham en la lectura del Génesis. Veamos cual es la enseñanza que nos regala el Señor este fin de semana.
El libro del Génesis nos narra una experiencia muy particular; Abraham aparece “regateando” a Dios un perdón para las ciudades de Sodoma y Gomorra, y lo consigue. Lo que más llama la atención del texto, es que Dios asume cada una de las peticiones de Abraham, con mucha misericordia: es impresionante saber que Dios tiene una misericordia que es ilimitada: la oración de intercesión que Abraham realiza es más que efectiva. Este texto nos muestra que la perseverancia en la oración, alcanza aquellas cosas que necesitamos.
San Pablo extiende esta idea de la misericordia de la que hablábamos en la primera lectura; nos dice que Dios nos ha dado en Cristo la oportunidad para ser libres. Hemos sido sepultados, resucitados, revividos con Cristo, perdonados nuestras faltas: esa es la forma como Dios nos ha amado misericordiosamente. Al estar incorporados en la vida de Cristo, debemos aprender a estar en comunión con Él a través de la oración.
Y el Evangelio, nos enseña la necesidad de orar, el poder del diálogo con Dios, que puede llevar al discípulo a conocer la voluntad del Padre a través de este diálogo. Según el Evangelio, la oración es la forma de alcanzar respuestas a las necesidades que se me presentan, pero así como deseamos alcanzar un bien, también debemos entregar algo: así es el diálogo. Para el discípulo lo central a pedir es el deseo de que el Reino venga pronto, el cual inaugurará un mundo nuevo y distinto; para esto, necesita el sustento del pan, el ofrecimiento del perdón y la fuerza para no caer en la tentación. El texto remata con la petición incansable del gran don: el Espíritu Santo, que ayudará en este caminar. El texto de Lucas, refleja el perfil de un discípulo que no descansa en su inquietud de construir un mundo invadido por Dios y su Espíritu.
¿Qué nos enseñan las lecturas de este fin de semana respecto a la oración?

- La oración siempre busca cubrir una necesidad del hombre; por esto hay distintos tipos: de intercesión, de comunión, de gracia y deseo: En las lecturas de esta semana, aprendemos a ver en la oración un camino cierto para cubrir las necesidades del discípulo. Abraham intercede por dos ciudades ante Dios; en el Evangelio, los discípulos le solicitan al Señor poder hacer una oración que les mantenga en comunión entre ellos y con Dios. Jesús les enseña de ese modo el Padre Nuestro, como la oración que cubre todos los deseos y gracias necesarias para construir el Reino de Dios. Nosotros, tenemos posibilidad de aprender de esta doble dimensión de la oración; por un lado al pedir por los demás (intercesión), vamos aprendiendo a estar pendientes de las necesidades de los demás, y por otro lado, vamos formando comunidad (comunión) con Dios y los demás hermanos.



- La oración es un don que hay que cultivar con perseverancia: Cada discípulo debe saber que al hacer oración se corre el riesgo de que nuestra oración pareciera no dar fruto inmediato: No hay que desesperar. La necesidad de ser perseverante en la oración, sin decaer en ella, es lo que pretende enseñarnos la segunda parte del Evangelio; allí, la historia del amigo que llega a media noche a solicitar el auxilio del vecino es el mejor ejemplo. La enseñanza de este trozo del Evangelio está en cómo debemos hacer esta oración de petición: Pedir, buscar y tocar: porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. De ese modo el discípulo hace de su oración una constante, que no se quedará sin respuesta.



- La oración se hace con humilde confianza: Nuestra oración cristiana no tendría sentido si no confiáramos que podemos alcanzar lo que pedimos. La osada confianza de Abraham lleva a arrancar de Dios la misericordia por las ciudades condenadas; la insistencia del amigo, que confía en que la amistad con su vecino será garante para cubrir su necesidad le lleva a ir a “molestarle” en plena noche; la oración aparece en estos textos como la llave para mirar con confianza lo que viene para adelante... “¡Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”. Así de confiada es la oración del discípulo.



- La oración nos alcanza el don más preciado, el Espíritu Santo: Dios Padre tiene tanta misericordia de sus hijos, que al recibir la oración perseverante de éstos, no deja de enviar al Espíritu Santo a quienes se los pidan. El don del Espíritu Santo nos sirve para orar más en conciencia la oración del Padre Nuestro; por un lado nos ayuda a pedir que el Reino de Dios venga a nosotros, y nos enseña a ser solidarios en las necesidades por las que oramos para todos ( pan diario, perdón de las ofensas, fuerza en la tentación), y por otro lado, nos enseña que cada uno de nosotros, debe estar abierto a que la oración lo lleve a una comunión plena con el Señor a través del don del Espíritu Santo, que le hará entender la voluntad de Dios, especialmente cuando las cosas no marchan como uno quisiera.

Con estas enseñanzas el Señor pretende que nosotros tengamos actitudes de apertura a los demás. Y es verdad. Cuando oramos, salimos de nosotros, para abrirnos a los demás. Cada uno de los discípulos del Señor, tenemos necesidades, y el Señor nos enseña que esa oración, si es hecha con perseverancia, alcanza cosas insospechadas a los ojos humanos. La oración de intercesión, nos une más plenamente al Señor Jesús y entre nosotros mismos, por lo que va creando una cadena poderosa para poder cubrir nuestras necesidades.
Pidamos entonces este fin de semana poder hacer una oración de corazón, no solo por mis necesidades, sino sobre todo por la de los demás; pidamos el don del Espíritu Santo siempre que hagamos oración, para que el diálogo con Dios sea fructífero, sincero, humilde, verdadero. Que el Señor nos enseñe a orar. Amén.

sábado, julio 21, 2007

A los pies del Señor

Lecturas
Gen. 18, 1 – 10 a.
Sal. 14
Col. 1, 24 – 28
Lc. 10, 38 – 42

¿Quién de nosotros sabe escoger la mejor parte en el momento adecuado? Esa es la pregunta de deberíamos preguntarnos al finalizar la reflexión de estas lecturas. Y es que no pocas veces equivocamos en el caminar, porque no sabemos optar por lo esencial cuando vamos sacando las conclusiones. Incluso, el sufrimiento nos puede llevar a esa sabiduría que buscamos. Hoy, las lecturas nos mostrarán temas que van precisamente de la mano de la búsqueda por lo que soñamos: acertar en nuestra vida.
La primera lectura, tomada del libro del Génesis, nos muestra un pasaje de la vida de Abraham, que acoge a tres extraños que pasan por donde vive. El patriarca se muestra hospitalario con ellos, de acuerdo a lo que manda la ley del pueblo del que será padre, y los extraños viajeros (en quienes los padres de la Iglesia han visto una figura de la Santísima Trinidad), le bendicen con un hijo, que junto a Sara, su mujer, ya no esperaban. Dios siempre sorprende en las circunstancias de la vida, y nosotros sabemos que ese hijo será el heredero de la promesa de descendencia que el Señor ya había hecho antes a Abraham.
Pablo en su carta a los Colosenses, nos habla sobre aprender a completar a través del sufrimiento lo que aún le falta a la Iglesia de Cristo: Esta afirmación, de ningún modo quiere decir que la redención del Señor ha quedado inconclusa, sino más bien quiere enseñarnos que a través de nuestro sufrimiento terreno podemos aportar a la santificación de todos los que formamos esta Iglesia. Nuestra redención y santificación, unida a la gracia que el Señor derrama sobre todos, tiene un sentido redentor, y es esa sabiduría la que Pablo quiere enseñarnos.
El Evangelio de Lucas, siguiendo al de la semana pasada, nos muestra hoy una nueva forma de ser discípulo, superando al modelo judío: la semana pasada veíamos que en la parábola del Samaritano se nos enseñaba que el prójimo es quien menos creemos, y que el amor supera y complementa la Palabra de Dios.
Hoy, en esta visita de Jesús a la casa de Marta y María, nos habla sobre escoger la mejor parte. En el esquema del Evangelio de Lucas, Marta representa el modo judío de ser discípulo: acogiendo del mejor modo posible al forastero que llega al hogar, eso mandaba la ley judía. No era mejor ni peor que su hermana, sino una buena judía; pero su hermana parece no importarle este mandato, y privilegia estar a los pies de Jesús escuchando su Palabra: así, según Lucas, se muestra como la nueva discípula, que escucha primero antes de actuar. El texto no pone en pugna a ambas hermanas como muchas veces hemos mal interpretado este texto, sino que quiere poner de relieve que la escucha de la Palabra del Señor es el comienzo de la vida del creyente.

Aprendizaje de la Palabra:

- El Señor nos llama a sentarnos a sus pies a escuchar sus enseñanzas: Esta es una de las actitudes más básicas del cristiano, y que hoy por hoy, nos cuesta recoger como enseñanza. El Señor está ahí, esperando a que nosotros, sus discípulos tomemos la actitud de María, que nos ayude a mejorar nuestra relación con Él. Este es un ejercicio que todos los discípulos del Señor debemos realizar de manera constante. Al venir a Misa todos los domingos, hemos optado por tomar la actitud de María, y no quedarnos como Marta ocupados en cosas que son necesarias y útiles, pero que nos privan de estar a los pies del Señor. La oración personal, también nos ayuda en este ejercicio de profundización
- La acogida necesaria al Señor: en los pueblos del medio oriente, la acogida era uno de los rasgos característicos; así lo vemos en el libro del Génesis, donde Abraham acoge a tres hombres de modo excepcional, sin saber que a través de ellos Dios le estaba enviando una noticia increíble. Así actúa Dios, a través de mensajeros que nos recuerdan nuestra relación con Dios. Algunos exegetas y padres de la Iglesia, han visto en esta narración del Génesis una teofanía, una acción de Dios, en la que Abraham sin saberlo, ha hospedado al mismo Dios. De las acogidas de las mujeres de Evangelio, no se trata de que una sea mala y la otra buena: ambas son necesarias, pero una más provechosa que la otra.
- No dejar que las preocupaciones me quiten la paz del corazón para estar con Jesús: Nosotros podemos caer en la tentación de creer que la inmediatez de las cosas es lo importante, y dejamos pasar momentos preciosos junto al Señor. ¿Cómo salir hoy de la inmediatez de las cosas para entrar en la contemplación más profunda?; ¿Somos hoy capaz de detenernos y pensar mejor las cosas a la luz del Señor? Les decía al comenzar la Misa que las lecturas hoy querían llevarnos a hacer el ejercicio de aprender a discernir las cosas necesarias de las urgentes: Las preocupaciones que nos absorben a diario, no deben ser obstáculo para lo único necesario: oír la Palabra de Dios.

Vamos a pedir al Señor Jesús durante estos días tener esta gracia, de acoger y escuchar su paso, su Palabra por nuestras vidas antes de tomar decisiones que nos pueden traer consecuencias poco esperadas. Nos quedamos en las manos del Señor. Amén.

viernes, julio 13, 2007

Amar en toda circunstancia

Lecturas
Deut. 30, 9-14
Sal. 68
Col. 1, 15-20
Lc. 10, 25-37

Nos encontramos en pleno tiempo ordinario, y Dios nos habla a través de su Palabra que nos muestra hoy el cuestionamiento sobre alcanzar la perfección… Hoy, las lecturas nos llevan al tema del cumplimiento de los dos primeros mandatos del Señor: Amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo, como a uno mismo. Las claves de lectura nos llevan hasta lo más profundo de nuestra existencia, a reconocer al Señor y a quienes tenemos al lado nuestro. Ser criatura del Señor, nos debe llevar a reconocer para qué fuimos creados: para amar. Ahí está la verdadera vocación del hombre; ahí está el desarrollo de nuestra naturaleza; ahí está la respuesta más profunda a todos nuestros cuestionamientos.
En la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, leemos como Moisés le recuerda al pueblo que el Señor bendice con muchos bienes a quienes le aman. En la concepción judía, la bendición era signo de estar con Dios; por ese mismo motivo, quienes estaban mal en la vida, era porque habían realizado algo mal, o peor aún, no estaban cumpliendo el mandato principal del Señor: Amarle por sobre todo, y por lo mismo, no contaban con la bendición de Dios. Concepciones religiosas, que hasta hoy algunos creen. La lectura nos arroja sin embargo, mucha claridad respecto de lo que Dios nos pide: Escuchar la voz del Señor, observar sus mandamientos… estas dos cosas son una sola, o sea, vivir de acuerdo al querer divino. La lectura nos dice que esto no es inalcanzable, sino que está en cerca de uno, en el corazón y en la boca, para practicarla.
En la carta a los Colosenses, Pablo nos presenta un bello himno a Cristo, en donde Jesús aparece como el primogénito y Señor de todas las cosas creadas: Todo ha sido creado por Él y para Él; todo subsiste por Él; Él es la cabeza de la Iglesia; Él es el reconciliador de Dios y el hombre; es el Señor de todo. Este hermoso himno a Cristo Señor de la creación y la Redención, debe llevarnos a reflexionar con respecto al seguimiento que hacemos del Señor, y el rol que ocupa en nuestra vida: es el centro de todo… de allí la necesidad de tenerlo en el lugar que le corresponde.
En el Evangelio, Lucas nos lleva a una de las enseñanzas más poderosas del Señor: amar a los demás, por encima de cualquier diferencia que haya. La historia del samaritano, es de esas historias que al maestro de la ley, debió sonarle como un trueno en sus oídos: ¡ayudar a un enemigo, como si fuera mi hermano! Algo impensado en sus esquemas religiosos y sociales; y más aún si se trata de que mi enemigo está ayudando a un hermano mío, a quien dos personas antes no habían socorrido. La historia de este hombre samaritano, que tenían diferencias religiosas y sociales importantes con los judíos, sorprende al maestro de la ley, quien ni siquiera se atreve a mencionar su nombre cuando Jesús le pregunta con respecto al hombre que fue prójimo del hombre asaltado (“el que tuvo compasión de él”, responde el maestro de la ley). El mensaje es claro: amar a los demás, pasa por sobre las diferencias humanas.
En esta parábola, el prójimo ya no es solo quien pertenece al pueblo de Dios, sino todo hombre que se aproxima a quienes necesitan amor, aunque sea un extranjero, o un enemigo como ocurre en este texto. Lo irónico del texto es que quienes pasan por alto el mandato de amar, son el sacerdote y el levita, que son quienes instruyen al pueblo de Dios; lo que demuestra que una cosa es conocer el mandato, y otra distinta es vivirlo. Su conocimiento no fue suficiente para responder a una necesidad concreta que se les presentaba. Talvez no estaban abiertos del todo a la misericordia, que es fundamental para amar.
Bien. Ya hemos analizado lo que dice la Palabra, veamos ahora su aplicación práctica. Nosotros hemos crecido escuchando que debemos amar al Señor y al prójimo con todo el corazón, y como nos amamos a nosotros; sin embargo, a veces nos enredamos en cosas aledañas. No podemos vivir creyendo que debemos estar solo para vivir para nosotros. No. Debemos pensar en los otros, en nuestros vecinos. Amar nos hace bien, porque nos hace salir de nuestras preocupaciones, de nuestro egoísmo, de nuestros esquemas. ¿Qué cosa nos pide en concreto las lecturas este fin de semana?
- Dios bendice la fidelidad de sus hijos: En la primera lectura, escuchábamos que Moisés les habla al pueblo, de la bendición del Señor por quienes han sido fieles en su Alianza. El cumplimiento del mandato de amar a Dios con todas las fuerzas, ayuda a que el discípulo no de aleje de Dios, y es eso lo que da la fortaleza para caminar, y trae consigo bendiciones y gracias, pero sobre todo, estabilidad en la relación con el Señor. No evita los problemas, pero ayuda a dar fortaleza para enfrentarlos.
- Cristo, primogénito de la Creación y de la Redención de mi vida: Este es un hermoso himno litúrgico, que parece que la comunidad primitiva la usaba para ilustrar su seguimiento al Señor; está dividido en dos claras partes: Cristo primogénito de la creación, y primogénito, o cabeza de la Iglesia; o sea, Creador y Señor de todo. Es importante hacer nuestro el espíritu de este himno, porque cuando Cristo es nuestro centro, nosotros podemos descansar en su realeza, y dejar que Él vaya haciendo el camino con nosotros. Nosotros, los católicos, sabemos que esa creación que Dios nos dio, ha sido asumida por Jesús, junto a nuestra salvación, tienen sentido en el amor que Dios tiene por nosotros, y que nos manifiesta en su Hijo Jesús.
- El amor traspasa cualquier barrera: El texto del samaritano misericordioso, nos da pie para hablar de la vocación para la cual Dios nos creó: no basta solo con amar a Dios, como nos pide la primera lectura, hay que ir más allá, amar al prójimo, incluso a aquellos con quienes podemos tener diferencias. La exigencia es más fuerte entonces, y esta parábola debe llevarnos a pensar en la relación que tengo con aquellas personas con las que tengo algún problema... ¿estoy dispuesto a ayudarlas? ¿sería capaz de vencerme y hacerles un bien? ¿alguna vez he actuado teniendo misericordia con quienes me han hecho algún daño? No deja de ser cuestionadora esta lectura.

Muchas veces, podemos caer en el error en que cae el maestro de la ley, que le consulta al Señor. Podemos conocer de memoria los mandatos, pero el saberlos, no nos justifica. Ser cristiano, discípulo de Jesús debe llevarnos a actitudes de amor. Pidamos este domingo ser capaz de cumplir el mandato del amor, tanto a Dios como al prójimo. Si cumplimos el primero, el segundo saldrá natural de nuestras actitudes.
La pregunta que debemos hacernos este fin de semana es ¿cómo puedo yo ser prójimo de mi hermano? Quien logre responderse esa pregunta fundamental, teniendo actitudes concretas, ya habrá cumplido el mandato del amor. Amén.

sábado, julio 07, 2007

Renovados por Dios

Lecturas
Is. 66, 10 – 14
Sal. 65
Gal. 6, 14 – 18
Lc. 10, 1 – 12. 17 – 20

Al avanzar en el tiempo ordinario, nos topamos con lecturas como las de hoy, que quieren ofrecer un espacio de consuelo y esperanza para la comunidad. Dios es el gran restaurador de la humanidad, de todo el hombre, que necesita ser redimido. Y nosotros, como comunidad cristiana escuchamos ese llamado de restauración y consuelo aprendiendo a refugiarnos en Jesús Señor de nuestras vidas.
Isaías, el profeta que nos acompaña en esta primera lectura, quiere mostrarnos al final de su texto que Dios es quien regala la restauración y la paz para sus hijos. El contexto del texto parece apuntar a la restauración del templo de Jerusalén, en donde todos llegarán a construir luego del destierro un nuevo lugar donde habitar en paz y tranquilidad. La mano del Señor alcanzará esa restauración. ¿Quién fecunda la vida del hombre? Solamente el Señor que restaura.
Pablo hace alarde de una sola cosa en su vida: de gloriarse en el Señor, nada más. Y habla también de restauración, sin utilizar abiertamente el término: el dice “lo que importa es ser una nueva criatura”… o sea, dejarse restaurar por Dios, tal cual como el Señor les proponía a Israel en la antigüedad. Pablo encuentra en Jesús y en su cruz esa restauración que le hace vivir como el Crucificado.
El Evangelio de Lucas nos habla de una misión, en la que el Señor envía a 72 de sus discípulos para anunciar con gestos el Reino del Señor a través de las palabras y las sanaciones de quienes lo necesitan. El texto es lleno de muchas medidas, entre ellas el rogar antes que nada que no falten operarios para ese trabajo… luego realizar la labor evangelizadora. El texto tiene también muchos símbolos, como el número 72, que indica la totalidad de las naciones paganas mencionadas en el Génesis 10, lo que indica universalidad de la misión; y el número dos, en el que van los discípulos es para dar peso a la misión. La vuelta de los discípulos, contentos por los resultados, refleja precisamente la llegada de una nueva etapa en la salvación del hombre, que Jesús consumará en la Cruz; sin embargo, el Señor les advierte con respecto al riesgo al que están expuestos, porque el demonio aparece fuertemente tras los discípulos: hay que alegrarse, pero no porque los demonios se sometan y los sencillos acepten el Reino, sino porque sus nombres están inscritos en el Cielo; eso es el verdadero motivo de alegría. Lo que importa es participar de las exigencias del Reino y vivir renovados en ellas. (los que tienen sus nombres inscritos en el cielo, según Ex. 32, 32 ss. Son los que cumplen la voluntad de Dios).

Aprendizaje de la palabra:
- Protegidos por Dios: Así lo expresan las lecturas hoy. Si miramos a Isaías, el texto nos habla como si se tratara de una madre que protege a sus hijos, que los consuela y llena de caricias. ¡Qué misterio el de Dios que nos cuida! Nunca podremos comprenderlo del todo, ni vivir para agradecer tantos cuidados. Si Israel se dejó consolar por el Señor al regresar del destierro, hoy nosotros también somos invitados a vivir la misma experiencia de recogimiento y cariño. Abandonémonos a esas palabras.
- Nuevas criaturas en el Señor: Pablo hoy nos muestra la clave de la renovación en el Señor, que va más allá de la misión y de nuestras fuerzas… se trata de un nacimiento nuevo, de la restauración, como se hablaba en Isaías, de la llegada del Reino, como se proclama en el Evangelio en la misión. La misión arroja como resultado la transformación de la vida, el ser nuevas criaturas.
- Verdadera alegría del discípulo: Hoy el Evangelio nos ha hablado de estar alegres luego de la misión, pero no por el resultado de la misma, sino más bien por tener ese contacto profundo con Dios. Allí radica la verdadera alegría del cristiano, no tenemos otros motivos para estar más alegres que el simple hecho de conocer al Señor. Pablo lo entendió bien: “Yo solo me gloriaré en la cruz del Señor”, o sea, esa es la verdadera alegría, ser discípulo.

Vamos a pedir este fin de semana el don de ser felices como discípulos del Señor, el ser renovados en el espíritu, el caminar sabiendo que la bendición de Dios nos acompaña cuando cumplimos su voluntad. Pidamos también estos dones para quienes nos rodean. Amén.

sábado, junio 30, 2007

Vocación, llamado del Señor

Lecturas
1 Re. 19, 16 b. 19 – 21
Sal. 15
Gal. 5, 1. 13 – 18
Lc. 9, 51 – 62
Este fin de semana, la liturgia de la Iglesia nos invita a acoger la enseñanza del Señor desde el punto de vista del seguimiento más cerca de su Persona. Es la llamada firme y segura del Señor a seguirlo. Hoy, nosotros, como esos hombres que hemos escuchado en las lecturas, estamos llamados a vivir junto al Señor, siguiéndolo en nuestros quehaceres, en nuestra vida.
En la primera lectura, estamos frente a un claro relato vocacional. Elías, el profeta por excelencia dentro del A. T., está preparando a sus discípulos; por lo mismo, el Señor le indica a quien debe escoger y ungir para la misión de profeta. Lo primero que llama la atención en el texto, es la orden de Dios, de ungir a un profeta. El ungir, es símbolo de una posesión, de una exclusividad: se unge a quienes se les encomienda una misión especial. Los símbolos en esta lectura tampoco se hacen esperar. “Echar el manto”, es una acción simbólica que representa a la persona, su personalidad, indica posesión, tener derechos sobre alguien. No todos pueden tocar el manto de alguien, tomarlo, o tocarlo, porque eso indica que tengo una relación con su persona (recordar que cuando Elías se va, Eliseo le pide su manto, para quedarse con parte de su santidad; o la mujer que quiere tocar el manto de Jesús; o el mismo manto de Jesús que no puede ser rasgado por los soldados en la Cruz...). El manto es parte de la persona, desprenderse de él significa quedar sin identidad (por eso es tan duro esa máxima del evangelio de dar el manto a quien te pide la túnica). Acá sin embargo, el hecho de que Elías le tire encima el manto a Eliseo, significa que le está haciendo partícipe de su persona, de lo que hace él, de su misión: le está llamando a lo mismo. Eliseo va a despedirse de sus padres, se deshace de sus animales, quema el yugo (significado de cortar con todo lo que le ate a su pasado, de cortar con su vida hasta entonces), y sigue al profeta. Los relatos vocacionales en general, tienen este esquema:
Dios da una orden: “A Eliseo lo ungirás...”
Ejecución de la orden: “Elías partió y encontró a Eliseo.”
Cumplimiento de la orden: “Eliseo dejó sus bueyes y corrió detrás de Elías.”
En los relatos vocacionales del N. T. se da un esquema parecido. Así, según las escrituras, Dios llama a hombres y mujeres a su misión de Evangelización.
En la carta de Pablo a los Gálatas, se nos habla de algo que a simple vista puede ser mal entendido, y hasta contradictorio. Cristo nos ha librado de la esclavitud, nos ha llamado a vivir libres; sin embargo, Pablo les recomienda a los Gálatas que no abusen de esa libertad, sino más bien, que se hagan esclavos unos de otros, por amor a Cristo. Las recomendaciones son claras y fuertes: “Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose unos a otros”. Parece que los problemas y diferencias entre los cristianos, han existido desde siempre. Lo importante, dice Pablo, es no dejarse ganar por los deseos de la carne, sino “dejarse conducir por el Espíritu de Dios”. La vocación a la que Dios nos ha llamado es... al amor: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La libertad de la que Pablo habla, no es el libertinaje, sino el principio de exigencia y generosidad: precisamente, porque soy libre gracias a la salvación del Señor, yo escojo amar. Una decisión clara.
En el Evangelio, ha comenzado la subida decidida de Jesús a Jerusalén. Durante el resto del tiempo ordinario que nos queda, las lecturas nos hablarán de los acontecimientos que el Señor vive junto a sus discípulos durante esa ida a Jerusalén. Hoy, nos narra pasajes relacionados con posibles discípulos del Señor, pero que no están muy dispuestos para ese camino. Veamos:
- Mientras iban caminando alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a donde vayas”, sin embargo, el Señor le responde con un enigma, dándole a entender la necesidad de ser absolutamente desprendido para seguirlo: “No hay donde reclinar la cabeza”. El Jesús de Lucas, jamás aparece en casa propia o de sus discípulos; es la soledad de su Misión.
- Jesús llama a otro: “Sígueme”. Sin embargo, el llamado del Señor tampoco encuentra eco en este hombre, que se excusa con su familia. Jesús le habla del Reino, dejando ver que la causa del Reino es más importante que la familia. Radical.
- Otro le dijo a Jesús: “Te seguiré Señor, pero...” Nuevo intento fallido de alguien que no está del todo plenamente listo para entregar su existencia al Señor. El Señor le replica claramente: “El que ha puesto la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

Hemos leído tres llamados de distintas formas, tres intentos fallidos de tres seguidores del Señor, que no han alcanzado a percibir a quien tienen al frente. Son llamadas radicales, exigentes; con ellas, Jesús quiere advertir a sus discípulos de los riesgos de seguirlo.
Y nosotros ¿cuántas veces el Señor nos ha hablado, y nosotros nos hemos quedado en excusas? No pocas veces. Siempre priman mis intereses, lo que yo quiero, lo que creo que me conviene. Incluso para los que estamos consagrados por el orden, muchas veces, no basta con haber hecho esa primera opción, es necesario renovarla constantemente, pedir al Señor que seamos aptos para anunciar el Reino de Dios.
Tampoco debemos extremizar el Evangelio, diciendo que Cristo nos exige por sobre nuestra realización personal. De hecho, sabemos que los discípulos andaban con su familia siguiendo al Señor; lo que quiere decirnos Jesús es cada creyente debe sacar de su vida aquel obstáculo que le impida dar testimonio del Reino de Dios en su vida.
Una última cosa. A veces corremos el riesgo de transformar el cristianismo en una cantidad de normas y preceptos tan difíciles de realizar, que más que tratar de cumplirlas, le hacemos el quite. El cristianismo va más allá; no es solo una cantidad de normas ético-morales que vivir, sino un don, que tiene rostro concreto: Jesús. El es la realización de nuestra existencia, de nuestro caminar diario, de nuestra vida. Pidamos al Señor en su seguimiento, la gracia de poder caminar, sabiendo que Él nos ha echado el manto encima, que nos ha llamado a desprendernos de aquello que nos impide acercarnos más plenamente a su persona, que nos ha llamado a nuestra realización como seres humanos a través de esta gracia: ser cristianos. Amén.

miércoles, junio 27, 2007

Algunos cambios

Me he decidido a hacer algunos cambios en el diseño de este blog, para que se vea un poco más ordenado y con un diseño más fácil. Los cambios los hice desde el mismo bloguer, al comienzo pensaba que había cometido un gran error... pero al descubrir la edición del mismo, me di cuenta que era tan sencillo, que no necesitaba saber mucho de blogs para realizar los cambios.
Cambiar siempre es bueno, de a poco seguiré introduciendo más cambios y cosas acá, así como en la vida misma, que como sacerdote siempre necesito cambiar.
Espero también que los cambios al blog signifiquen más lecturas, y traigan nuevos aires a este blog... pronto cumplirá un año, y creo que no han sido muchos los que me han leido.

viernes, junio 08, 2007

Corpus Christi

Gen. 14, 18 – 20
Sal. 109
1 Cor. 11, 23 - 26
Lc. 9, 11 b –17

Hemos llegado al domingo de Corpus Christi, que significa “Cuerpo de Cristo” en latín. Esta es la fiesta en que la Iglesia conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad; pero en la actualidad, en muchos países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.
¿A qué apunta la celebración de Corpus Christi?
A la devoción en la Eucaristía, a la adoración de Cristo en el Sacramento, su veneración en el Sagrario, en donde se ha quedado por amor a los hombres para acompañarnos desde allí a todo el mundo. ¿Y qué cosas deberíamos tener claro este domingo?
Que la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, es la ocasión para agradecer al Señor Jesús por el don de la Eucaristía. Allí se nos da como Pan de Vida. La Eucaristía asoma como signo de unidad y lazo de amor entre Dios y el hombre. Es el lugar de encuentro entre Dios y el hombre, en donde estamos junto al Señor, en su sacrificio obrado en favor nuestro, es la prolongación de la vida, de la salvación de la que somos objeto los hombres: la celebración de este domingo, debe ser para nosotros el instante para renovar nuestro seguimiento del Señor. Más allá de los milagros que hicieron a la Iglesia proponer esta celebración, debe movernos el deseo de unirnos cada día más profundamente al Señor de la Vida.
En las lecturas, tendremos la oportunidad de reflexionar sobre esa entrega del Señor por nosotros, a través de otras oblaciones ofrecidas a Dios, y que nosotros los católicos entendemos como imágenes de la entrega de Jesús por nosotros. En el Evangelio, el texto de la multiplicación de los panes, es claramente un texto Eucarístico, con el que Lucas quiere mostrarnos lo que es realmente la Eucaristía: el lugar de encuentro, de comunión entre Dios y el hombre. Vamos a las lecturas.
En la primera lectura del libro del Génesis vemos una imagen de lo que es la Eucaristía; Melquisedec, rey de Salém, o Jerusalén, celebra una acción de gracias por Abraham, a quien Dios le ha permitido derrotar a sus enemigos. Pronuncia una bendición, y por lo mismo, tiene el efecto que se espera. Es Dios quien bendice en efecto, a través de las manos de Melquisedec. La exégesis bíblica ha visto en Melquisedec una imagen de David (o sea, del sacerdote, profeta y rey por excelencia), del Mesías (así lo escuchamos en el salmo 109), e incluso de Jesús: la carta a los Hebreos lo asocia al sacerdocio de Cristo; los padres de la Iglesia vieron en Melquisedec una imagen del Señor, y en su ofrecimiento de pan y vino un adelanto de la Eucaristía.

En la carta de Pablo a los Corintios, leemos la vivencia de una tradición: Pablo narra a la comunidad de Corinto, cómo lo que él hace, lo ha recibido de una tradición que se remonta al mismo Señor. Esta es una de las mejores evidencias de que la Eucaristía es un sacramento querido por Jesús mismo para nuestra salvación. Sólo en ella nosotros podemos seguir proclamando la salvación nuestra a través de la muerte y resurrección del Señor. La Eucaristía es una tradición que se ha enseñado y vivido de generación en generación… así hasta nosotros.
El Evangelio, no nos narra lo que hemos escuchado en la carta a los Corintios, sino que nos narra uno de los textos que la comunidad, a partir de un milagro del Señor lo relacionó con este otro milagro más grande todavía: la Eucaristía. Efectivamente, este texto de la multiplicación de los panes, es un texto eucarístico: los verbos bendecir, partir y entregar, son los mismos que aparecen en boca del Señor la noche de la última cena. Acá aparecen en el contexto de una comida improvisada, preparada para tantos que han seguido al Señor a escuchar su Palabra, sus enseñanzas sobre el Reino de Dios, que le han visto devolver la salud a quienes necesitan ser sanados, a quienes necesitan ser alimentados... todos estos elementos los encontramos en la Eucaristía. Acá venimos nosotros hoy para escuchar las maravillas del Reino de Dios, venimos a escuchar la Palabra de Dios, venimos a ser sanados de nuestras flaquezas y pecados, venimos a alimentarnos del Pan de Vida.
El regalo de la Eucaristía es un don que Jesús quiere compartir con sus discípulos de aquel entonces, y de hoy. Es el don que se hace amistad, para quien quiera aceptarlo, transformado en Sacramento, es el don hecho comunión; no podemos estar más cerca del Señor que a través de la comunión de su Cuerpo y sangre.
Hoy, Jesús nos dice a nosotros “denle ustedes de comer” a todos aquellos que llegan acá, golpeados por la vida, por el pecado. Hoy, nosotros somos esos discípulos que acompañan a Jesús, y por eso, nosotros debemos preocuparnos de que otros que vienen se encuentren con Él, de que se alimenten, de que sanen. Esta tarea, no es solo del sacerdote. Es de todos quienes han descubierto el don de la Eucaristía, de todos quienes formamos su Cuerpo.
Una última palabra, para quienes por diversos motivos, no pueden acercarse a la comunión sacramental. Y es de aliento y consuelo: su participación en la Misa, es importante, si bien es cierto, no reciben la comunión sacramental, pueden recibir y hacer comunión espiritual, que no es menor. Hoy, hay tantos que comulgan sin siquiera saber lo que reciben. Ustedes, que tienen conciencia de lo que es, y por lo mismo la valoran, atesoren eso en su corazón, y ayuden con su ofrecimiento para que quienes no saben lo que es la comunión, a que tomen conciencia del mismo. Esta entrega de no poder acercarse a la comunión sacramental, no resta que puedan participar de otros modos, alimentándose por ejemplo, de la Palabra del Señor, acercándose a la Adoración de Jesús en el sagrario, estando en comunión con él a través de la oración. Dios sabe su esfuerzo, y ciertamente, no quedará sin recompensa. No se sientan fuera de la Iglesia: ustedes, son esos miembros que necesitan de más apoyo, pero no por eso deben sentirse apartados del Señor y su Iglesia.
Celebremos entonces este domingo, con un corazón agradecido y contentos porque Dios se ha quedado con nosotros en la Misa. Hoy, cuando muchos no creen en esa presencia real del Señor en la Eucaristía, debemos poner mayor empeño en difundir su devoción, porque éste es el misterio central de nuestra fe, y el sacramento que nos da la vida eterna. Aprovechémoslo. Amén.

viernes, junio 01, 2007

Santísima Trinidad

Lecturas
Prov. 8, 22-31
Sal. 8
Rom. 5, 1-5
Jn. 16, 12-15

Al retomar el tiempo ordinario en la Iglesia, uno de los temas con los que abriremos estas catequesis de este tiempo, es el misterio de la Santísima Trinidad. Creo que es uno de los domingos más fuertes del tiempo ordinario, porque nos lleva hasta lo que creemos, lo que profesamos de un modo profundo. Es difícil tratar de explicar el misterio central de nuestra fe, pero es necesario hoy más que nunca afirmar ese misterio de manera clara, para fortalecer nuestro caminar como pueblo de Dios. Lo haremos de un modo ascendente, o sea, a través de lo que vemos, trataremos de llegar hasta el Señor, especialmente su rol con la creación.
En las lecturas, encontramos en la primera, un texto del libro de los Proverbios, que nos habla sobre la sabiduría, específicamente sobre su rol en la creación del mundo; aparece personificada, hablando de su rol en la creación, siempre bajo la mirada de Dios, que la utiliza para crear. En esta lectura nos encontramos con la Sabiduría del Creador, que se muestra, deleitándose con los hombres. Podemos leer en esa sabiduría una imagen del Hijo, Sabiduría y Palabra Creadora del Padre, por la que todo ha sido hecho.
En la segunda lectura, de Pablo a los Romanos, nos topamos con un texto – puente en la carta del apóstol: los primeros capítulos nos han hablado sobre la fe, y los que siguen, nos hablarán sobre la vida. Ambos temas aparecen en estos versículos, íntimamente relacionados: por la fe, el cristiano se ha fortalecido en el seguimiento del Señor, y sobre todo, se ha fortalecido para la vida; este proceso es escalonado: de la tribulación se pasa a la constancia, de ésta a la virtud, y de ella a la esperanza, sabiendo que esa esperanza no quedará defraudada. Es el amor de Dios derramada en los corazones lo que sostendrá esa fe y esa vida. El cristiano según esta lectura, no es un ser que alimenta utopías o sinsentidos, no, el cristiano es una criatura a la que Dios ama, a la que Dios le ha dado paz, y esa es la riqueza de la Iglesia: el amor y la paz de su Creador.
En el Evangelio de Juan, vemos la relación de Dios Padre, Hijo y Espíritu, reflejada en la relación con su Iglesia, con los discípulos. Esa relación, fortalecida por el Espíritu Santo que se encargará de la educación de la Iglesia, aparece con claras intenciones de revelar a los discípulos lo necesario para salvarse, y perseverar: Que Jesús es el Señor que ha venido a cumplir la misión que el Padre le ha encomendado, la salvación de los hombres.
Las ideas de hoy en las lecturas son bastante claras:
a) Dios ha creado al mundo con su majestad y poder. Esa creación sigue siendo creada a través de su Sabiduría, que no la abandona, está siempre con el hombre a través de su Espíritu.
b) Ese amor que Dios Padre ha derramado en el corazón de los hombres, nos capacita para la construcción de un mundo mejor. El amor y la paz en el hombre, serán los mejores signos de que acepta el desafío que Dios le encomienda de construir un mundo nuevo.
c) El mensaje de salvación de Dios Padre, revelado por el Hijo es todo lo que necesitamos para actuar. El Espíritu Santo hará el resto; recordemos que el Espíritu Santo es el gran pedagogo del hombre. Él le revelará la verdad necesaria.
Hoy, cuando Dios y su actuar en el mundo que muchos quisieran opacar, hablar de la Sabiduría con que Dios nos ha creado, no solo al mundo, sino sobre todo a nosotros, es de fundamental importancia. Pensar en esa Sabiduría, y sobre todo amor con que nos ha hecho, debe llevarnos a reflexionar en el rol que jugamos en el concierto de la Creación, sobre todo por nuestra trascendencia: somos la única criatura capaz de amar verdaderamente, la única criatura capaz de entender, de comprender, y sobre todo, de trascender más allá. Por lo mismo, es tan importante tomar esas palabras de Pablo a los Romanos “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”, para vivir de acuerdo a ellas. Allí tenemos una tremenda riqueza que aprovechar.
El misterio de la Santísima Trinidad debe llevarnos a mirar y meditar sobre el misterio del hombre: ¿Por qué estoy acá? ¿Para qué me creó Dios? ¿Qué quiere Dios de mi? Que nadie se quede sin pensar en esas preguntas. Si logra respondérselas, descubrirá que fue creado para ser continuadores de un creación que sigue evolucionando; sabrá que tiene un rol importante en esta vida, como prolongador de la misericordia y del amor de Dios; que ha sido creado para amar, y de ese modo, ser prolongación del amor de Dios por toda la creación.
En las lecturas encontramos (como el día de hoy) claras evidencias de la acción de Dios en el mundo. Debemos dejar que Dios siga siendo Dios, sobre todo en nuestra vida, pidiéndole que continúe creándonos, que no deje de esparcir su amor a través de nosotros. Digámosle que queremos ser sus instrumentos. El ya nos ha capacitado para todo esto a través de la revelación que el Hijo nos ha hecho, y de su Espíritu que nos ha mostrado la forma de llevarlo a cabo en el hoy.
La mejor evidencia de la existencia de Dios y su misterio trinitario, es el reflejo que el hombre puede hacer de él. Pidamos al Señor de la Vida y la Creación que nosotros seamos esa evidencia. Que la creación, a través de nosotros, siga siendo re-creada, que el hombre, a través de nuestra ayuda, pueda encontrar al Dios Trino que nos ama. Solo si dejamos actuar al Señor en nuestra vida, podremos contemplar este misterio de compartir la misma vida de Dios.
pd: La imagen la tomé de: www.dominicos.org

sábado, mayo 26, 2007

Pentecostés


Lecturas:
Hch. 2,1 – 11
Sal. 103
1 Cor. 12, 3 b – 7. 12 – 13
Jn. 20, 19 - 23

Hemos llegado al final del tiempo Pascual. Estos cincuenta días, han sido un caminar junto al Señor. Es importante que al llegar a esta etapa, miremos esos 50 días, y revisemos lo que Dios nos pedía en su Palabra al comenzar la Pascua. Durante este tiempo, el Señor nos invitaba a tener paz, a estar alegres en la comunidad, a dar testimonio, y sobre todo, a no temer. Esos fueron los llamados, que a grandes rasgos nos hacía el Señor. Este llamado es lo que hemos tratado de cultivar y acrecentar estos 50 días, y es importante que los tengamos presentes, porque el acontecimiento Pascual de la Resurrección del Señor, está muy relacionado con la solemnidad que estamos hoy celebrando. La celebración de nuestro Pentecostés tiene su origen en la fiesta judía de las semanas, en las que los judíos celebran durante siete semanas la alegría de la Pascua. Se trataba de una fiesta agrícola, en la que se cosechaba lo sembrado. Ya esta idea puede darnos una bonita lectura de nuestro Pentecostés, o sea, que al final de estos 50 días nosotros debemos cosechar aquellas cosas que el Señor ha sembrado durante su permanencia resucitada en medio nuestro; por lo pronto, de los que hablaba anteriormente: sacar nuestros temores, estar alegres y producir paz. Ojalá que cada uno al hacer el balance de su vida, durante estas siete semanas, pueda descubrir que ha crecido en alguna de estos frutos.
En las lecturas de este fin de semana, la presencia del Espíritu Santo nos lleva a prolongar esa alegría, nos llama a dar como un fruto abundante la paz, y nos envía a esta misión de llevar el mensaje de salvación y misericordia a todos.
En la primera lectura, en el libro de los hechos, leemos la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad reunida, y allí se realiza el milagro del Señor. Como primer fruto, aparece la diversidad de lenguas en las que el Espíritu les permite expresarse, mostrándonos de ese modo, la universalidad de la misión a la que les prepara. Este milagro nos da para entender mejor el rol del Espíritu, y la misión que nos da para actuar en el mundo, de ser portadores de un mensaje de vida nueva junto al Señor.
Esta misma idea, se ve reforzado en la lectura de Pablo, que nos habla de unidad diciéndonos que el Espíritu Santo nos une como miembros de un mismo Cuerpo, el de Cristo; la gracia de esta lectura, es la plasticidad, el grado de renovación y diversidad que le da el Espíritu a este Cuerpo, haciendo que fluya una multiplicidad de vocaciones, cualidades y gracias. La unidad de ese Cuerpo, es el principal fruto que produce el Espíritu en la comunidad cristiana. Es importante también esa idea de que nadie sin el Espíritu Santo puede confesar a Jesús como Señor. Hoy, al finalizar también la semana de oración por la unidad de los cristianos, sin duda seguimos pidiendo más que nuca que el Señor nos regale el don del Entendimiento, para llegar algún día a disfrutar de la tan anhelada unidad que el Señor quiere de los que formamos su cuerpo.
El Evangelio nos lleva al reforzamiento de estos principios de unidad, al ofrecernos el perdón de los pecados por la gracia del Espíritu a través del sacramento; y de la paz, que debe ser el valuarte con que los discípulos entregan esa reconciliación. El Espíritu da como fruto a quien se siente perdonado, la paz, para poder entregarlo a todos quienes tanto lo necesitan. Vemos reflejado también en este Evangelio, que el temor inicial de los discípulos, desaparece cuando Cristo aparece, y se transforma en alegría desbordante al recibir la Fuerza de lo alto. Solo entonces, pueden salir a ofrecer al mundo ese don tan preciado de la paz.
¿Qué podemos decir con estos pocos elementos?
Que es el Espíritu Santo quien da unidad a este Cuerpo llamado Iglesia, y nos lleva a aceptar a todos – en una multiplicidad de dones – y a confesar a un solo Señor: Cristo.
Que es el Espíritu Santo el que sopla sobre nuestra vida, llevándonos a reconciliarnos a través del sacramento del perdón, para desde allí poder entregar y ofrecer nosotros al mundo, como un testimonio del poder del Señor, una vida reconciliada, sanada, limpia. Solo el Espíritu es capaz de hacernos amar más allá de lo que nosotros creemos; sólo el Espíritu puede hacernos perdonar a los hermanos cuando hemos sido ofendidos.
Bien. No podemos olvida también en estos días el llamado de nuestros Obispos, que nos piden orar por ello, que reunidos en Aparecida, Brasil, se esfuerzan iluminados por el Espíritu Santo en encontrar los mejores caminos para nuestra Iglesia en América Latina.
Que el Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos encienda el corazón para vivir un Nuevo Pentecostés en el mundo. Amén.


sábado, mayo 12, 2007

Homilía

6º Domingo de Pascua
13.05.07

Lecturas
Hch. 15, 1 – 2.22 – 29
Sal. 66
Apoc. 21, 10 – 14.22 – 23
Jn. 14, 23 – 29

Este es uno de los últimos fines de semana de Pascua: ya el próximo fin de semana celebraremos la Ascensión del Señor, y el siguiente, la fiesta de Pentecostés. Hoy las lecturas quieren mostrar la riqueza de los dones del Señor resucitado profundizando en las ideas de la semana pasada, sobre la vivencia del Evangelio y la prolongación de eso en la comunidad cristiana.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra el primer Concilio del que guarda memoria nuestra Iglesia. Los Concilios en la Iglesia son convocados para resolver temas relacionados con la fe de la comunidad, para sentar las bases sobre lo que debemos saber y vivir como comunidad de discípulos. En el texto de hoy, vemos como los cristianos de origen judío reclamaban que quienes entraban a la fe, desde el paganismo, debían circuncidarse, al modo del judaísmo. Por ello, los discípulos y presbíteros se reúnen en Jerusalén para resolver el tema. El acta de ese primer Concilio es lo que leemos hoy: ¿conclusión? No poner más cargas más que las indispensables a los recién llegados a la fe, más que se abstengan de participar en las comidas con los paganos e idólatras, de comer carne de animales sin desangrar y de las uniones ilegales… esos eran los temas que les dividían en aquellos esplendorosos comienzos. A esto, claro, sumamos los mandatos evangélicos. En el fondo, lo que quiere mostrarnos el texto, es que no salva un rito (la circuncisión), sino la persona de Jesús quien la ofrece; y para seguirle, es necesaria la pureza y dejar a los ídolos. El texto en este fin de semana nos viene muy bien, porque a nivel de Iglesia en América Latina, se celebra la 5ª Conferencia General de Obispos, una especie de Concilio más local, que mira a trazar los caminos que nuestra Iglesia. Durante estos días nuestros ojos se vuelven a Brasil, en donde en compañía del Papa Benedicto XVI nos unimos en oración para que el Espíritu Santo nos trace el camino en el inicio de este nuevo siglo. La Iglesia tiene esta riqueza: la Tradición, que se encarga de guardar los mandatos emanados, luego de la partida del Señor, el especificar las cosas esenciales de las accidentales para no confundir el andar.
El libro del Apocalipsis, nos sigue mostrando lo adelantado la semana pasada: la Jerusalén celestial, la proyección de nuestra futura realidad, el destino de la comunidad de la Iglesia. Lo decíamos la semana pasada: esta Jerusalén celestial, es imagen nuestra, triunfante, gloriosa, resucitada, plena de felicidad… Es el cumplimiento de todas las promesas del A.T., la vivencia profunda del Evangelio del Señor. Allí ya no será necesario templos ni de ritos: el Señor será la plenitud de la alegría eterna. Hacia allá durante el tiempo de Pascua seguimos mirando, llenos de esperanza en nuestra futura resurrección con el Señor.
El Evangelio de Juan nos habla de varios temas; por un lado, asoman la fidelidad a la Palabra que nos ha entregado; la promesa del Espíritu Santo, que nos ayudará a recordar esas Palabras de vida y además uno de los dones del Resucitado: la paz. Las tres cosas están entrelazadas: solo quien es fiel, puede recibir el don del Espíritu Santo, porque se ha abierto plenamente hacia Dios, ha volcado su existencia a caminar bajo su amparo, y como consecuencia, es portador de la paz que solo Dios puede entregar, que va mucho más allá de la ausencia de conflicto a nuestro alrededor, sino que le engloba totalmente en una vida en la que se tiene la gracia de esa paz para vivir interna y externamente tranquilo y resucitado. En este discurso de despedida del evangelio de San Juan, Jesús no pretende que quedemos a la deriva, sino que la salvación se hace patente en sus palabras; de ahí la necesidad de hacer cada día la voluntad que nos pide, para comprender de mejor modo su Voluntad.

Aprendizaje de la Palabra:
- Solo Dios salva en la fe al discípulo: Hoy, en un mundo lleno de muchas cosas que nos dificultan ver lo esencial, podemos caer en la trampa de perder de vista lo realmente necesario para salvarnos. Solo Jesús nos salva: la Iglesia, es el medio como nos acercamos y vivimos la fe que hemos recibida y conservada en la Tradición, pero el centro siempre es y seguirá siendo Cristo. En las primeras comunidades, como en las de hoy, los conflictos existían, y se solucionaban con oración y diálogo; la fe se ve enriquecida por ese diálogo y desde allí caminamos hacia la unidad tras la persona del Señor. No perdamos de vista el norte, que a veces se nos tapa con las ramas. Ya les decía lo importante que es en estos días para la Iglesia Latinoamericana la V conferencia Episcopal, porque en ella se encuentran distintas visiones de hacer Iglesia en nuestra América, que confluyen en lo esencial: la persona de Jesús. Hoy, a mi, ¿quién me ha salvado?, ¿me uno a la Iglesia en esa búsqueda de salvación?
- El señor de la Paz, la Fidelidad nos salva: Cuando nos enfrentamos a la vida que hemos escogido, solo podemos mirar y sacar las conclusiones respecto de lo sembrado en ella. ¿Qué encontramos?, ¿Qué nos dice nuestro corazón? La Escritura, al menos nos dice que el hombre fiel a la Palabra del Señor, encuentra la vida y la paz, esa paz que el mundo no da… ¿Y el Espíritu Santo? Es quien nos mantiene con la vista alta para no turbarnos al caminar. Hoy, se nos ofrece a la luz del Evangelio la clave de nuestra vida cristiana: Fidelidad y paz, como dones que el Espíritu ofrece a nombre del Señor para los justos de corazón.

Pidamos durante estos días la luz del Espíritu para nuestros Obispos, religiosos y laicos delegados de la V conferencia General de los Obispos de América Latina y el Caribe, y que ese Espíritu nos prepare también a nosotros, como discípulos para acompañar a los demás hermanos en la fe. Amén.

sábado, mayo 05, 2007

5º Domingo de Pascua

Lecturas
Hech. 14, 21b – 27
Sal. 144
Apoc. 21, 1 – 5 a.
Jn. 13, 33 a. 34 – 35

Ya estamos alcanzando la madurez del tiempo pascual, y por ello las lecturas nos muestran un contenido más profundo y claro respecto del mensaje central de la vivencia de lo que Dios nos quiere comunicar. El quinto domingo pascual nos habla sobre el amor, sobre el mandato tan antiguo, pero siempre nuevo en los labios del Señor.
El libro de los Hechos de los Apóstoles, nos habla de los viajes de Pablo y Bernabé. Ya la semana pasada escuchábamos cómo habían dejado de predicar a los judíos para centrarse en los “paganos”. Bueno, hoy, echamos un ojo a la apretada agenda de estos apóstoles, y nos damos cuenta de que esa propuesta que asomaba la semana pasada, hoy ya está dando frutos de conversión entre los nuevos evangelizados. Seguramente en cada comunidad que nos describe hoy, pasaron ayudando a organizarles: les exhortaban a permanecer fieles a la gracia de Cristo, ordenaban presbíteros (sacerdotes), oraban por ellos. Así nace la Iglesia, hoy, el texto nos hace asomarnos a los inicios de nuestras comunidades, a la necesidad de vivir ordenadamente la fe que han recibido. Nosotros, claro que sabemos estas cosas, pero no siempre las tenemos en el tapete, y por desgracia, no podemos dar testimonio 100% sobre la fidelidad de la que se nos habla, o no siempre oramos unos por otros. En nuestras comunidades necesitamos recuperar el sentido solidario, el espíritu de unión de estas comunidades. ¿Qué tenían ellas que nosotros hoy no tenemos? Creo que básicamente el sentido de pertenencia. Mientras no nos sintamos Iglesia, mientras nos mantengamos al margen del corazón de la comunidad, poco podremos comprender este bello texto.
El libro del Apocalipsis, nos sigue narrando la visión de Juan en que contempla el cielo abierto, y ve a la Nueva Jerusalén que baja embellecida para unirse para siempre al Señor Dios. Ya la semana pasada veíamos cómo muchos habían lavado su túnica en la Sangre del Cordero, los que venían de la gran tribulación. Bueno, hoy, esos miles de millares que describía la lectura la semana pasada, es la Nueva Jerusalén, que se embellece para unirse al que está sentado sobre el Trono. Es éste Señor, sentado sobre el Trono quien habitará en medio de ellos para siempre, quien secará las lágrimas de los ojos, el que vencerá a la muerte, al dolor, la pena. Él hará “nuevas todas las cosas”…
Juan, en el Evangelio nos lleva a un pasaje en que el Señor, antes de partir a su Pasión, nos deja el discurso de despedida, marcado por los conceptos de la unión con el Padre Dios y el Mandamiento Nuevo. “En esto, todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros”… “ámense los unos a los otros, así como yo les he amado…” Sin duda la vara queda bien alta, pero el Señor quiere dejar un mandato que es ya sabido, esto estaba escrito en la ley mosaica, y sin embargo, al parecer el amor fraterno no era la relación imperante en esa época. ¿Qué podemos decir hoy nosotros?; ¿Cómo está nuestro amos hacia los demás?

Aprendizaje de la Palabra:
- El amor como base en nuestras relaciones: Lo del mandato del Señor a los suyos antes de partir podemos entenderlo claramente; lo difícil, es que se nos complica vivirlo como el Señor lo sueña. ¿Por qué nos cuesta amar de verdad a los demás? Ninguno de nosotros puede abstraerse de esta pregunta, especialmente porque formamos parte de una comunidad cuyo mandato podemos reducir en esta máxima. Hoy, se nos ha presentado el corazón del Evangelio, y no siempre podemos decir que lo vivimos plenamente. Dios nos ha capacitado para amar, nos ha creado para amar de verdad, sin miramientos… no perdamos ese objetivo en nuestro diario vivir.
- El amor en las relaciones de comunidad: Pablo al narrar las maravillas que el Espíritu Santo obraba a través de su predicación por Asia Menor, sin duda descubrió el corazón del Evangelio que acabamos de escuchar. ¿Qué lo movió a predicar tan ardientemente a quienes ni siquiera conocía? No hay duda que fue el Amor de Dios que le quemaba el corazón. Hoy, necesitamos en nuestras comunidades eclesiales retomar ese ardor, esa fuerza vital para poder anunciar a Cristo Vivo y Resucitado con más ganas que nunca.
- El Señor que hace nuevas todas las cosas: Si, así es. Solo Dios renueva nuestra vida, nuestro mundo, nuestra historia. Eso lo descubrieron millones de personas antes que nosotros, y de nosotros depende que millones más lo descubran después de nosotros… ¿Qué ha hecho el Señor por mi?, ¿Cómo me ha renovado? La visión de Juan deja ver un futuro esplendoroso, lleno de alegría y vida, pero nos falta aún para llegar a esa realidad escatológica. Hoy estamos llamados al testimonio y la vivencia de las cosas con una mirada nueva.

Pidamos al Señor de la Vida que nos renueve de corazón, que recree nuestro mundo, que nos utilice como sus instrumentos. Que el Señor que nos ha mostrado el camino del amor como fin de nuestra vida, nos haga amar más allá de lo que hemos soñado. Amén.

sábado, abril 28, 2007

Buen Pastor

4º Domingo de Pascua
29.04.07

Lecturas
Hech. 13, 14. 43 – 52
Sal. 99
Apoc. 7, 9. 14b – 17
Jn. 10, 27 – 30

Cada semana del tiempo pascual es especial, lo decíamos la semana pasada por el hecho de que la Pascua es el paso del Señor Resucitado en nuestra comunidad, y hoy de un modo especial porque celebramos a este Señor como Buen Pastor. Hoy es la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Hoy celebramos el hecho de que el Señor nos pastorea, nos cuida porque somos su pertenencia que el Padre le ha entregado.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra como la Palabra del Señor se esparce ahora, ya no a los judíos, sino también a quienes no profesan esa religión. Es la apertura de la Palabra del Señor a todos los hombres de boca de Pablo y Bernabé quienes evangelizan, a pesar de la oposición judía, a quienes quieran abrazar la fe en Cristo. Al leer el libro de los Hechos de los Apóstoles, queda la sensación de que la Palabra de Dios actúa, como si se moviera sola, sin necesidad de intermediarios humanos… Y en realidad, así es la Palabra, especialmente cuando la leemos a la luz de la Resurrección del Señor, animados por la presencia del Espíritu Santo. La lectura dice: “Así la palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región”.
El libro del Apocalipsis que nos ha acompañado durante estos días pascuales, nos habla hoy de la esperanza que viviremos en la eternidad. Se nos describe una muchedumbre imposible de contar, de todos los pueblos de la tierra, delante del Cordero que está en el trono. Esa muchedumbre es la que ha pasado la gran tribulación, la gran prueba y han sido hallado dignos del Señor. La descripción es realmente estremecedora y llena de esperanza: Nunca más tendrán hambre, o sed, ni calor, ni frío… y eso ocurrirá porque su pastor será el Cordero: hasta el llanto será borrado de sus rostros.
El evangelio de Juan nos habla sobre Jesús Pastor, sobre su misión para con nosotros. De Jesús Pastor, podemos decir miles de cosas, pero solo nos quedaremos con lo que nos dice el Evangelio:
- Nos conoce, y los que son de su Rebaño, reconocen su voz.
- Él nos da la Vida Eterna: jamás moriremos y nadie nos podrá separar de sus manos.
- El Padre Dios nos ha puesto en sus Manos de Pastor.

Con estos elementos, ya podemos identificar claramente lo que significa ser pastoreados por el Señor Jesús. Frente a lo desprendido del Evangelio, debemos tener la confianza de saber que al escuchar su voz, Él también escucha la nuestra; saber que tenemos Vida Eterna al permanecer en su Rebaño; comprender que Dios nos ha destinado para estar junto a su Hijo Jesucristo.

Vivencia de la Palabra:
- Su Palabra tiene Vida Eterna: Esta es una frase que nos encontramos en los mismos Evangelios, pero que a la luz de lo proclamado hoy, podemos deducirlo claramente… Al leer el libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos que ésta Palabra tiene fuerza propia, que da vida, y que mantiene junto al Señor. El Evangelio, nos ha dicho que quienes permanecemos unidos a Jesús Pastor, escuchamos su voz; además nos ha agregado el Evangelio que éste Pastor nos da la Vida Eterna. ¿Aún no te queda claro?
- El Señor como Pastor Eterno: A quienes no conocen la labor del Señor como Pastor y sus efectos en nuestra existencia, el texto del Apocalipsis nos da una buena mirada hacia el futuro que nos espera. La imagen del Cordero – Pastor, es otra imagen muy bella del Apocalipsis, que busca alimentar la esperanza de quienes eran perseguidos a causa del nombre del Señor. No hay que temer por sufrir por su Nombre y su Palabra, si sabemos que nos espera un futuro tan lleno de plenitud.
- El Pastor que nos habla y conoce: ¿Quién nos conoce más y mejor que el Señor Pastor? Nadie. Solo Él tiene las Palabras que nuestra vida y corazón necesita. La pregunta que salta hoy a la vista es ¿cómo reconozco hoy su voz? Creo que eso se hace en la lectura asidua y frecuente de la Palabra; en el silencio, elemento muy poco valorado en este bullado mundo; en la oración; también en la voz de los pastores de la Iglesia que nos hablan a través de la voz de muchos consagrados; en la voz de quienes nos rodean. ¿Estoy dispuesto a escuchar esas voces? Tengo la impresión que muchas veces preferimos alzar la voz, antes que callarnos y escuchar. Creo que nos estamos perdiendo de muchas cosas.

Bien, no olvidemos por último que hoy se nos invita a hacer oración por la vida consagrada especialmente, y ha hacerla de un modo personalizado pidiendo a Dios el don de un hijo (a), nieto (a) consagrados al Señor.
No dejemos de pedir estas gracias al Señor junto con dejarnos pastorear por el Señor. Bendiciones.

sábado, abril 21, 2007

Plenitu de la Pascua

3º Domingo de Pascua
22.04.07

Lecturas
Hech. 5, 27 – 32. 40b – 41
Sal. 29
Apoc. 5, 11 – 14
Jn. 21, 1 – 19

Durante el tiempo Pascual, cada uno tiene la posibilidad de hacer mucho más tangible la relación con el Señor. En realidad, el tiempo Pascual es como adelantar el cielo por unos días, y vivir junto al Señor Resucitado que se sigue manifestando claramente en la vida. El mensaje de estos días es claro: Jesús ha muerto por nuestros pecados, pero ha Resucitado… y es ese el mensaje que hay que transmitir a todos.
La primera lectura, resume un poco lo dicho anteriormente. Nos topamos con un texto en que los Apóstoles son cuestionados por el Sanedrín y los sumos sacerdotes, quienes les prohíben hablar en el nombre de Jesús. Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla con vehemencia y fuerza sobre el Resucitado. El testimonio, es la base de su mensaje y es la base de la enseñanza que entregan a quienes les siguen. Detrás de ellos, sin duda, el mismo Espíritu Santo les alienta para anunciar el mensaje de salvación.
El bello texto del Apocalipsis, hoy nos sigue narrando las cosas que Juan observa. Hoy ve a la Corte Celestial que adoran al Señor que está sentado en el Trono, quien es digno de recibir todo honor y gloria. El autor no deja de admirarse de lo que observa, y nos confirma lo que esperamos del cielo: que todas las criaturas están adorando al Señor. En la liturgia, nosotros hacemos eso también.
El Evangelio de Juan nos sigue narrando la gran alegría de estos días Pascuales: El Señor está Resucitado. Juan nos cuenta un texto lleno de muchos detalles que hacen que la lectura sea amena y muy particular. Los discípulos han vuelto a su oficio (pescadores), de la mano de Pedro quien les guía en la esquiva pesca que realizan en la noche. Al amanecer, el mismo Jesús que se les muestra, les ordena echar las redes nuevamente, y al hacerlo, Juan lo reconoce avisándole a Pedro. Nada más llegar a la orilla, el Señor les da de comer… se respira confianza y calidez en las palabras del Evangelista, que nos transmite lo vivido. Luego, una segunda parte del texto, en donde el Señor le pregunta a Pedro sobre el amor… tres preguntas para confirmar que le necesita para una misión mucho más importante que solo ser pescadores de peces… ser Pescador de Hombres, o sea, ser quienes se dediquen a recoger a los hombres para llevarlos hasta Dios. El texto, centrado en un diálogo de amor, solo busca una respuesta a esa misma altura. La Eucaristía asoma como el lugar preciso para proclamar el amor de Dios por los hombres, y la confianza entregada.

Aprendizaje de la Palabra:
- Pascua del Señor, tiempo del testimonio: El texto de los Hechos de los Apóstoles, no hacen más que confirmar que el Evangelio de Jesús no se puede callar, que estamos llamados a ser verdaderos testigos, valientes de su mensaje de salvación. ¿Qué hubiese pasado si Pedro y los demás discípulos hubiesen callado lo que vivieron junto al Señor? Seguramente como comunidad no tendríamos la posibilidad de existir plenamente. Gran parte de lo que somos, lo debemos al testimonio valiente de muchos que anónimamente nos alientan en la fe y que han hecho posible, gracias a su testimonio, que Dios sea amado por millones en todo el mundo. La Pascua es el tiempo preciso para proclamar con más fuerza que nunca que Cristo vive Resucitado en medio de su pueblo, que nos cuida, que nos regala su vida para que tengamos Vida Eterna.
- La Iglesia y su tarea evangelizadora: Si hay cosas de las que podemos estar 100% seguros en la Iglesia, es de haber recibido la misión de apacentar al rebaño directamente del Señor. Así lo hemos leído hoy, porque la comunidad cristiana desde sus albores así lo entendió. Juan hoy nos relata en el Evangelio la experiencia de una comunidad que camina, que trabaja, a la cual a veces se le ha perdido la presencia del Señor, pero que vuelve cada vez que necesita encontrarse con Él… ¿y donde lo descubre? En la Eucaristía, el Sacramento del mismo Señor. De ella se nutre para poder evangelizar a quienes lo necesitan. Preocupaciones habrán muchas, lo mismo que flaquezas y abandonos, pero el Señor siempre permanecerá fiel a la orilla del mar, esperando con la mesa servida para alimentarnos, para que desde allí podamos salir a alimentar a otros.¿Quién responde a ese llamado? Es importante hoy por hoy hacernos esa pregunta: la vida vocacional de muchos, está en juego, y necesitamos dar respuesta, especialmente por la labor evangelizadora que cada uno, desde su realidad debe asumir a plenitud.


Pidamos al Señor poder caminar siempre bajo la luz de su Resurrección, sabiendo que nadie transita solo en la fe, sino que vivimos en la comunidad en donde el Resucitado nos alienta y alimenta. Amén.

sábado, marzo 31, 2007

Domingo de Ramos

Hemos finalizado el tiempo de Cuaresma y desde hoy vivimos la Semana Santa, en la cual tenemos la oportunidad única de acercarnos más a los misterios de nuestra salvación. La Semana Santa (que iniciamos con esta celebración), la concluiremos el Domingo de Resurrección. Durante esta semana viviremos junto al Señor su entrada Triunfal en Jerusalén, nos acercaremos al Misterio de la Institución de la Eucaristía, le acompañaremos en su Pasión, Muerte y Resucitaremos junto a Él la noche de Vigilia Pascual.
El día de hoy, los sentimientos son de alegría y desconcierto también. Lo iniciamos con la alegría de reconocerle y de bendecirle como el Hijo de David, nos acercamos junto a la multitud que lo aclamaba al entrar en la ciudad santa, pero que pronto se dejará seducir por la intriga en contra del Señor preparada por las autoridades religiosas de Jerusalén.
Las lecturas nos mostrarán a un Señor que se deja llevar hasta el suplicio para así realizare la voluntad del Padre Dios. Isaías nos recuerda uno de los cánticos de un siervo, que se ha dejado atropellar por sus verdugos… este siervo no se ha arrancado de ese destino porque su confianza ha sido puesta en Dios, y en Él no quedará defraudada su esperanza.
Pablo, en la carta a los Efesios nos recuerda que el Señor se ha hecho siervo, haciéndose semejante a los hombres con el único objeto de salvarnos. Esa oblación le vale al Señor Jesús para ser exaltado por sobre todas las cosas, seres y condiciones. Solo ante Él se doblará toda rodilla y por Él se proclamará la Gloria de Dios.
El Evangelio de Lucas nos habla de muchas cosas: la institución de la Eucaristía en un discurso sobre el servicio, pero el acento se marca en la persona de Pedro, quien primero reafirma su condición de discípulo para caer en la traición de negarle luego… finalmente volverá al Señor. Entre estos temas, el Señor es entregado para ser crucificado por las autoridades religiosas de la época.
Este fin de semana tenemos los dos extremos del seguimiento del Señor… la gloria de la entrada triunfal, y la muerte y cruz de Jesús. Sin embargo, un tema cruza estos textos: la idea de ser discípulo, del servicio, del servidor, tal cual como lo apreciamos en el texto de Isaías o en el texto de Pablo, tal cual como lo vemos en la presencia de Pedro, y del discurso con el que se despide el Señor Jesús de los suyos en la Última Cena.
La invitación es clara para esta semana que iniciamos: hacernos servidores y discípulos del Señor, de los hombres y mujeres que viven necesidades, ser más cercanos al término “servicio”, tal cual como nos pide el Señor en el Evangelio. No hay duda que esta semana es el centro de nuestra vida espiritual. No la desperdiciemos.

viernes, marzo 30, 2007

Una historia

No pocas veces nos sentimos atrapados por las dificultades, sin saber que de ellas podemos sacar grandes enseñanzas, como la que leí en el blog de Barquisimetana quien desde Venezuela nos regala esta historia que pego a continuación:
Un día, el burro de una campesina se cayó en un pozo. El animal lloró fuertemente por horas, mientras la campesina trataba de averiguar qué hacer. Finalmente la campesina decidió que el animal ya estaba viejo, el pozo estaba seco, y necesitaba ser tapado de todas formas y que realmente no valía la pena sacar el burro. Invitó a todos sus vecinos para que vinieran a ayudarla. Todos cogieron una pala y empezaron a tirar tierra al pozo.
El burro se dio cuenta de lo que estaba pasando y lloró horriblemente. Luego, para sorpresa de todos, se aquietó. Después de unas cuantas paladas de tierra, la campesina finalmente miró al fondo del pozo y se sorprendió de lo que vio: con cada palada de tierra, el burro estaba haciendo algo increíble.
Se sacudía la tierra y daba un paso hacia arriba…mientras los vecinos seguían echando tierra encima del animal, él se sacudía y daba un paso hacia arriba. Bien pronto todo el mundo vio sorprendido como el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde del pozo y salió trotando.
La vida va a tirarte tierra, todos tipos de tierra…El truco para salirse del pozo es sacudírsela y dar un paso hacia arriba. Cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba.Nosotros podemos salir de los mas profundos huecos, si nunca damos nuestro brazo a torcer (querer Salir). Sacudirse y dar un paso hacia arriba.
Simple y bello, no?